Anécdotas Escolares

Bailando en la oscuridad (de una Noche de Halloween)

 

A principios de nuestros estudios secundarios, una inquietud muy propia del momento surgió al interior del grupo "C" de nuestra promoción. Algunas madres de familia y la profesora Zoraida Montero (nuestra Tutora de primero de secundaria) nos propusieron crear un fondo promocional conjunto, con el fin de reunir durante toda nuestra educación secundaria el dinero que nos permitiera realizar nuestro Viaje de Promoción y Fiesta de Graduación. Como no podía ser de otra manera, la idea fue acogida con el entusiasmo mayoritario, así que decidimos llevar a cabo el proyecto.

Aunque parezca mentira, esta tarea no era tan sencilla como puede pensarse. Cuando se solicitó la autorización a las autoridades respectivas del plantel, ellos nos comunicaron que no podían realizarce actividades de este tipo porque influirían negativamente en las que realizaban los de la promoción más reciente. Este era un motivo más que razonable, así que no podíamos hacer nada salvo buscar una solución salomónica. Esta fue encontrada, y consistió en recaudar cuotas mensuales y realizar actividades internas, las cuales no podían ser de conocimiento público para no sufrir algún tipo de castigo.

Durante Primero de Secundaria solo pagamos cuotas y realizamos una que otra rifa pro-fondos. En Segundo, ya con la Miss Ofelia Benavides como Tutora, se hizo lo mismo. En Tercero se mantuvo la rutina... hasta que a mediados de Octubre de 1985 surgió una idea revolucionaria en materia de actividades: Celebrar una Fiesta de Halloween. Esta reunión se llevaría a cabo en casa de Karina Diaz, y el asunto consistía en pagar un costo pre-establecido para poder ingresar a la reunión y celebrar hasta la hora que quisiéramos. No faltaron algunas voces opositoras, pero finalmente la propuesta fue aprobada, y el Jueves 31 de Octubre celebraríamos Halloween todos juntos.

Para mí esta no era cualquier fiesta. Era mi primera fiesta como adolescente. Ya pueden imaginarse el entusiasmo que sentía en aquellos días, conforme se iba acercando la fecha señalada. La semana pasó bastante rápido, y cuando menos lo pensábamos ya eran las tres y treinta de la tarde del 31 de Octubre. ¡No se olviden!, la cita es a las 7:00 pm en mi casa de la Residencial San Felipe, nos recordaba insistentemente Karina. Todos ya habíamos tomado nota, así que solo era cuestión de horas, antes de que empezara la diversión...

No se si a ustedes les resulta igual, pero para mí la Residencial San Felipe es un inmenso laberinto de concreto. Aún así, por esos días me sentía el hombre mas canchero del planeta, y para mí no existía un lugar imposible de ubicar. Así que, a las 6:50 pm ya estaba bajando del micro rumbo a casa de Karina. En diez minutos llego, me decía yo mismo, todo bacán. En cuestión de minutos llego al supuesto edificio de Karina Diaz, y me recibe el portero. Este es el edifico "tal", ¿no?, le alcancé a preguntar. ¡Nooo!, me respondió él, casi de inmediato; es más atrás. Bueno, no me hice problemas y decidí irme por donde me sugería el mencionado portero. Bordeo una esquina, y veo ochenta mil caminos que se cruzaban entre sí, como si todos partieran y se unieran en el mismo punto donde me encontraba. Un laberinto total. Sin embargo, yo seguía sintiéndome el bacán, y al ver el entrevero decidí que la mejor forma de llegar era tomar el camino marcado por la Av. Gregorio Escobedo...

¿Dónde me encontraba en ese momento?, pues en plena Av. Pershing. Los que recuerdan la antigua casa de Karina Diaz ya se estarán riendo de mí... pero bueno, olvídense de ese detalle por ahora. El asunto es que comencé a caminar por Escobedo cuando de pronto... ¡apagón!. Eran algo más de las siete de la noche, así que casi no podía verse nada. Aún así, decidí que tenía que seguir, pues muy lejos de la casa de Karina no podía estar. Segundos después me percaté de que el apagón era parcial, así que no había por qué preocuparse. Caminé una, dos, tres cuadras... pero esas cuadrazas de la Residencial San Felipe, ¿eh?. Y nada. De pronto llegué a una puerta medio escondida, y al ver a otro portero custodiando la entrada me le acerqué. No... por aquí no es, me dijo cuando le pregunté por la casa de Karina. Y tampoco sabía por donde podía irme. Traté de pedirle alguna otra referencia, pero de pronto me percaté de que era la entrada de una iglesia... y yo le tengo cierto respeto a las iglesias envueltas en la mayor oscuridad, por lo que decidí darme media vuelta de inmediato, y seguir el camino que, irónicamente, me marcara Dios.

Los minutos seguían transcurriendo, y yo seguía caminando por Escobedo. La oscuridad seguía reinando, y por ratos cierto sentimiento de incertidumbre amenazaba con abrumarme para invitarme a regresar a casa. Pero me mantuve firme, y seguí mi camino hasta llegar a un nuevo conjunto de edificios. La esperanza de llegar a tiempo resurgía en mí. Sin embargo, mientras caminaba entre interminables veredas y jardines, iluminados tan solo por los faros de automoviles de paso raudo, esta esperanza volvía a diluirse. De pronto, a lo lejos alcancé a escuchar voces de un grupo de adolescentes reunidos en la entrada de un edificio. ¡Debe ser ahí!, me dije yo ilusionado. Un nuevo automovil con los faros encendidos me permitió comprobar que estaba equivocado. Cuando me aprestaba a continuar mi búsqueda, de pronto se me ocurrió pedirles referencia a aquellos chicos y chicas del barrio. Me acerqué y les pregunté por el bendito edificio de Karina. Fue entonces cuando se me acercó una hermosa chica de cabello castaño claro, alta, como de unos dieciseis años... ¡y bellísima!. Me abrazó con su brazo izquierdo y con un dulce timbre de voz me dijo Camina atrás de ese edificio, y listo, mientras con su brazo derecho me señalaba el lugar al que hacía referencia. ¡Dios!... en ese instante ya ni sabía de qué edificio me hablaba ella. Tan solo pensaba en cómo sería estar a solas con tremenda belleza, siempre rodeados por la reinante oscuridad... pero bueno, por más bacán que me sintiese en ese momento, yo seguía siendo el chico zanahoria de catorce años que todos aún recuerdan, así que decidí dejar mis sueños a un lado y continuar con mi camino, el cual parecía ser ya bastante breve...

Tal como me lo había sugerido la castaña muñequita, rodeé el edificio que tenía en frente... y, por fin, llegué a un edificio totalmente iluminado. Verifiqué si era el que buscaba... ¡y lo era!. Me olvidé de todo lo que había pasado durante la última media hora, y de inmediato el entusiasmo me invadió al recordar el por qué me encontraba en aquel lugar. Subí raudamente las escaleras, y casi de inmediato me topé con la casa de Karina, que en realidad era un Departamento. Justo cuando iba a tocar, abren la puerta, y tres o cuatro chicas salen presurosas sabe Dios a donde, mientras me invitan a pasar. Adentro ya se encontraba la mayoría de la gente del salón, aunque aún ninguno se había animado a iniciar el baile. Luego de los saludos de rigor, y de esquivar alguna que otra mirada inquisidora de aquellas que nunca faltan (¿has visto cómo ha venido vestido?), me senté al lado de mis amigos más cercanos, como Jaime Chang y José Komt. Y mientras conversaba con ellos sobre alguno que otro tema de trascendencia actual (¿te volvieron a jalar en Chino?, ¿sabes cual es la última de Ching?, ¿ya conseguiste las respuestas del examen de inglés?), observaba las idas y venidas de una atareada Karina Diaz, y de unos entusiastas Aldo Chinén y Pablo Kohatsu que fungían de Disjockeys aquella noche. De pronto, el primer tema fuerte y de moda de la noche suena en los parlantes: Tómame, de A-Ha. Ya no había excusa valedera: había que bailar. Así que chicas como Jéssica Tsuchida, Susana Wong y Susana Chu no se salvaron y estuvieron entre las primeras en formar la famosa fila en la sala del Departamento de Karina, haciendo pareja con Jaime Chang, José Komt y este servidor. Luego vino Bailando en la Oscuridad, de Bruce Springsteen... y de nuevo Tómame, de A-Ha. Después otra canción más... y nuevamente Tómame, de A-Ha. Demás está decir que esta última cancion fue la más bailada de la noche, aunque nunca supe si fue porque algún cargoso la pedía a cada momento, o porque no había otro cassette... Pero bueno, igual nos divertimos de lo lindo.

Aquella Fiesta de Halloween se celebró sin disfraces (a Dios gracias), sin bebidas alcohólicas (siempre es bueno mencionarlo), con luces tenues (eso sí)... y con varios padres de familia supervisando el ambiente. Este último se prestaba para que las chicas más tímidas poco a poco se soltaran, y empezaran a bailar con mayor entusiasmo. Los chicos tímidos tampoco faltaron, pero allí estábamos los más sueltos para darles ánimos (¿notaron que me incluyo en este último grupo?). Por otro lado, Claudia Montoya y Miguel Cavero, la parejita más antigua de nuestro grupo, seguía tan acaramelada como siempre. Y eso que sus mejores amigos (Kathia Pacheco, Magaly Grimaldi, Wendy Lee, Luis Morales, Víctor Ríos, Aldo Chinén, etc.) rondaban por allí como invitándolos a separarse siquiera un momento. Algo que nunca lograron, como es de suponer. También recuerdo algunas ausencias notables, como las de Rita Chong-Siu, Roy Reyes, Lita Martell, entre otros. Y, por otro lado, también recuerdo los entusiasmados pasos de baile de Jorge Lam, a Enrique Flores y a Roberto Estabridis hablando de su grupo de rock (para variar), al siempre bien peinado Lucio Yen (por entonces le decían "El Fonz")... y, en fin, muchas cosas más.

Horas más tarde, y luego de haber bailado sin parar por casi tres horas, decidí que era hora de retornar a casa. Eran casi las 10:00 pm, y si no me movía a tiempo, sabe Dios como volvería a casa. Además, estaba molido con lo de la media hora de caminata por Escobedo, con el previo día de clases y el baile en sí. Así que decidí despedirme de todo el mundo. En eso José Komt se me acerca, y me dice que podemos aprovechar para tomar el mismo micro. La idea me parece estupenda, y luego de despedirnos de la anfitriona, nos retiramos. Camino al paradero, le cuento a José el por qué de mi retiro tempranero, a lo que él responde confesándome que no veía la hora de escaparse de la reunión, ya que las chicas lo querían sacar a bailar, y él no aceptaba por estar mal de una rodilla. Nunca me quedó claro si esto último era cierto, o era una excusa para evitar algún tipo de roche por bailar. Roche que todos tuvimos que superar aquella noche por cierto.

Finalmente, a eso de las 10:30 pm llegué de vuelta a casa. Las calles aún andaban algo movidas, pero igual creo que tomé la decisión correcta de volver temprano. Era mi primera fiesta en mucho tiempo, y la verdad es que la había pasado bastante bien, junto con todos mis compañeros de salón. Tanto que, el primer día de clases que nos vimos luego de la reunión, solo hablamos de lo que había acontecido aquella noche de Halloween; una noche que, a la larga, quedó perennizada en la memoria de muchos de los integrantes de aquel peculiar grupo "C" de mediados de los años 80.

Escrito por Erwin Zarria